Cine Fedora

Butaca roja


Miradas amplias y heterogéneas, abiertas y comprensivas, que se han expresado mayoritariamente a través del cine, pero también del teatro, la música y la cultura popular venezolana. Miradas de un creador incansable que se atrevió a tomar una cámara para interpretar su entorno. Luis Armando Roche (Caracas, 1938) tenía apenas 25 años cuando dirigióGennevilliers, puerto de París, un trabajo académico de 7 minutos producido por el Instituto de Altos Estudios Cinematográficos (IDEHC, por sus siglas en francés) de París, donde se había formado como cineasta. Ese mismo año dirige Vamos a ver dijo un ciego a su esposa sorda, también bajo la producción del IDHEC, su primera obra de ficción, de 6 minutos, interpretada por los hoy reconocidos Herman Lejter, Carlos Cruz Díez y Ángel Hurtado y otros venezolanos que vivían entonces en la capital francesa. Al año siguiente escribe y dirige Raymond Isidore y su casa, un curioso documental sobre el hogar del enterrador del cementerio de Chartres, decorado con materiales de reciclaje. Tres cortometrajes que avizoraron el estilo del que sería con los años uno de los realizadores fundamentales de la producción de nuestro país, merecedor del Premio Nacional de Cine en 1999 y objeto central del más reciente de los Cuadernos Cineastas Venezolanos, editados por la Fundación Cinemateca Nacional. Una veintena de películas respaldan su trayectoria. Sus miradas, a la vez, exponen sus cualidades como ser humano.

La labor como investigadora y redactora de Carolina Lozada se revela minuciosa y exigente en las 88 páginas del cuaderno, divididas en una biografía, un análisis detallado del cine de Roche, una selección de críticas sobre cinco de sus filmes, un conjunto de interesantes textos del propio cineasta (cuatro de ellos inéditos), una filmografía (que se extiende hasta el teatro y la producción discográfica) y una bibliografía amplia e inclusiva. Se trata de un trabajo muy completo que interpreta las claves básicas de sus motivaciones creativas.

Lozada transmite, de manera sobria y precisa, la posturas de Roche ante la música académica y la popular, las tradiciones culturales venezolanas y las manifestaciones surreales de la vieja Europa donde se formó. Ese encuentro entre ambos mundos es lo que marca su filmografía, sobre todo en sus documentales sobre personajes del arte cotidiano, de la música de la Venezuela profunda, de los grandes creadores de hoy. Ese encuentro cultural también se expresa en sus obras de ficción, fundamentalmente, a juicio del autor de estas líneas, en su primer largometraje El cine soy yo (1977), coproducción con Francia que rinde homenaje tanto al personaje popular venezolano, representado en un “toero”, como al propio cine como expresión transformadora. Aquel aventurero que recorre el país en una camión ballena, acompañado por una francesa y un niño, para proyectar las películas por doquiera que iba.

El viaje real y el viaje interno, el encuentro y el contraste de dos culturas, el espejo y sus dos lados —y yo diría los espejismos también— son “herramientas narrativas” de Roche que se hallan en todas sus películas. Ese espírito libertario, que bebe en las fuentes del surrealismo y de su admirado Luis Buñuel, se manifiesta en su personal registro e interpretación de la realidad. Todo esto se encuentra en el número 8 de los Cuadernos Cineastas Venezolanos dedicado a un realizador que sigue siendo fiel a sí mismo como una forma de serle fiel al país.

Alfonso Molina

LUIS ARMANDO ROCHE, Cuadernos Cineastas Venezolanos, Nº 8. Investigación y redacción a cargo de Carolina Lozada. Fundación Cinemateca Nacional, Caracas, 2008. A la venta en las mejores liobrerías del país.

2 comentarios:

Avilio's Island dijo...

Chama, enhorabuena por esa reseña. Le ha quedado muy linda la sala con ese sofá rojo-lápiz-labial. Tan mullido y "sleek". ¿Se puede comer cotufas?

Carolina dijo...

Hola, Avilio, tu pregunta sobre las cotufas me hizo recordar una de las películas más accidentadas que he visto: Wilde (1997), de Brian Gilbert. En realidad lo trastocado fue la situación dentro de la sala de cine más que la película en sí. Estaba un señor gordo y de grandes bigotes que compró boletos para él y para quien parecía ser su pequeña hija. Cuando empezaron los besos y caricias homosexuales oí cómo sonó la butaca cuando el señor y su hija se levantaron de un trancazo. A su paso se escuchaba: “qué buena verga, una película de maricos”.
Yo no pude menos que reírme ante la reacción airada del tipo. Después de esto se empezaron a escuchar los crujidos de las bolsas de papitas, pepitos y etc. No sé si recuerdas que en el cine de La Previsora, en Caracas, no permitían comer dentro de la sala. Así que ahí mismo entraba un empleado con linterna en mano a prohibir la ingesta de pepitos. El señalado, con la luz en la cara, se atragantaba lo que fuera que estuviera comiendo y guardaba la bolsa. A los cinco minutos se escuchaban nuevamente los crujidos…
Más adelante se siguieron escuchando las butacas ante la estampida de machos que no soportan amores homosexuales.
Saludos con cotufas.
P.D. A pesar de todo me sigue gustando el rojo, especialmente el labial.

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